Donde los poetas trasnochan y beben hasta el amanecer con los big riders, esperando que un nuevo amanecer les traiga por fin la inspiración perdida y la ola soñada.

El lugar dónde nacen y viven los sueños de las almas virtuosas empeñadas en imaginar lo imposible, buscar lo no existente, crear los versos que puedan enamorar a las sirenas o desaparecer en el muro de espuma que arrastran las enormes olas al romper.

Un universo gobernado por una princesa de cabellos largos hasta la inmensidad, finos hasta la misericordia y brillantes hasta la extenuación. Una princesa de pies diminutos, desnudos, que acarician el suelo pausada y delicadamente mientras sonríe y pasea por su reino cortando y repartiendo flores; pintando en tonos pasteles las paredes y las sillas de su hotel y las crestas de las olas.

Así es Alamar.

Yo estuve allí, casi puedo jurarlo. Y sentí el poder de los sueños cuando nacen, cuando crecen, cuando dejan su lugar a nuevos sueños. Pude desayunar, en un rincón de la salita que mira siempre al sol, té servido en tazas de concha con pastas de coral; almorzar en la orilla del horizonte observando el nacimiento de nuevos sueños, nuevos versos, nuevos cuadros y nuevas olas. Y cenar conversando sobre la nueva política monetaria americana con Dorothy Gale mientras, en la mesa de al lado, una poetisa y su vejez, juegan a colocar estrellas en el cielo: una aquí cerca, la otra allá donde la penumbra alcanza.

Una tarde de lluvia descubrí que allí, en Alamar, nace el arcoíris y se envía a los lugares más sombríos de la tierra, aquellos de carne y hueso. Arcoíris de siete, diez y hasta cien colores que nunca había visto; colores sólo imaginados e imaginables por los sueños de los artistas obstinados en pintar, ni más ni menos, que una de las tres virtudes humanas: la belleza.

Sí, yo estuve en Alamar, casi puedo jurarlo. Y hablé con sus huéspedes ­–poetas, surferos, pintores, actrices, niños grandes, imaginadores –sobre la nada, sobre los alamares de la vida, sobre los sueños, sobre poesía. Jugué al ajedrez cien partidas en tablas con un joven soñador de barba de rey de oros que allí vivía y que no paraba de mirar de reojo a la mar, no fuera a ser que se perdiera el nacimiento de su gran sueño: la big bomb. Y escuché trescientos sesenta y seis libros platónicos sobre la verdad, la belleza y la bondad cantados cada desayuno a ritmo de jazz por las responsables de cuidar y hacer posible la vida de los sueños prematuros.

Porque en Alamar los sueños no son sueños. Las gaviotas llevan gorro de pescadores y, en Pascua, Beyoncé y Lady Gaga, dos gallinas muy coquetas, juegan al ping-pong con Choco, un perro enorme de color bosque asturiano en noche sin luna, que les deja ganar para que pongan más huevos con doble, triple e incluso quíntuple yema.

Oh sí, yo estuve allí. Casi puedo jurarlo.

Pero no encuentro el camino de vuelta. Cierro los ojos con todas mis fuerzas, bloqueo mis oídos con paquetes de algodón arrollado, me tapo la cara, y hundo la cabeza en mi pecho intentando encontrar en el Google Maps del ensoñamiento la ruta más rápida, más corta y más directa hacia Alamar; me da igual si tengo que pagar peajes, atravesar carreteras privadas, tomar ferris o desconectarme del mundo real. Aquí donde habito no hay lugar para los sueños.

Desde mi opresiva habitación, donde las paredes rezuman la humedad de las lágrimas que mis ojos no se atreven a mostrar, me esfuerzo en llevar a cabo un estúpido ejercicio de control consciente de la respiración, como si eso pudiera ayudar a nadie en el descubrimiento de la esencia de la vida: la mismosidad.

Tengo los pulmones encharcados con una neumonía bilateral de pena y apenas puedo respirar sin esputar una masa densa de rabia, sal y arena. Nado mar adentro con mi pecho encima de la tabla, brazos a babor y estribor, utilizando la técnica más depurada de natación en aguas abiertas, pero soy incapaz de alzarme sobre ninguna cornisa blanca que me ponga en el camino. Y espero a la siguiente serie de olas, las que rompen a derechas, las que rompen a izquierdas, pero hoy tampoco será el día. Agotada, mi esperanza cae estrepitosamente sobre el plato de ducha y comienza a perderse en espiral por el sumidero. La atrapo a tiempo. Tal vez no toda ¡Oh, Alamar! ¡Oh, mi Alamar! Casi puedo jurar que estuve allí.

Esta mañana, el gozne herrumbroso de la ventana ha saltado como el casquillo de una bala ‘tarantina’, y sus alas se han abierto en mil fotogramas por segundo. Sopla el ábrego. La lluvia está cerca. Una plaga de miles de hormigas voladoras, en formación de flecha, pasa ensordecedoramente por el exterior. Escapo como puedo de mi insomnio y me asomo a la ventana, medio cuerpo fuera, mis hombros, casi dislocados, apenas son capaces de sujetarme por mucho más tiempo, pero necesito ver qué dirección me indican antes de que la formación se rompa. El humo negro de la gran chimenea estúpidamente wallyniana oculta por un momento el banco de hormigas en flecha y mis ojos se inundan de diminutas partículas sólidas de carbón para terminar de cegar mis opciones de escapar.

 

– ¡Oh, Alamar, mi Alamar! ¿Dónde estás? ¿Dónde quedas?

Mis brazos no pueden más, mi alma tampoco. He perdido de vista a las voladoras. Caigo al vacío, pero no me importa porque me inunda una sensación de tranquilo abatimiento. Antes de sufrir el impacto, o tal vez después, un rebaño multicolor de ovejas voladoras, pintadas unas como dálmatas otras como cebras, me recogen en volandas como si lo mío no fuera un acto premeditado de suicidio sino un stage diving. Me dejo llevar a donde quiera que vayan o tal vez me lleven. ¿Hacia Alamar? Lo presiento. Cierro los ojos y abro mis piernas y brazos en aspa. No peso mucho, vuelo sin corazón y sin alma. Es más aerodinámico y más ecológico. Hay menos rozamiento con el aire y con la vida. El corazón es como un yunque de una tonelada y el alma pesa aún más. No sé cuánto durará el viaje y me temo que no llevo lágrimas para avituallarme; al menos así no hago cargar a las ovejas voladoras con mis estúpidos sentimientos y recuerdos.

Empiezo a percibir que el ábrego no sólo porta lluvia, también trae un intenso olor a magdalenas recién hechas. Cocina Proust, ¡seguro! ¿Estaré llegando?

Abro los ojos y despierto en mi habitación de paredes pastel y edredón abrazadoramente blanco relleno con millones de kilos de plumas de auténticos patos de La Tour D’Argent. El despertador me susurra que el desayuno está listo. De nuevo cierro por unos segundos los ojos para que no escape la que creo que podría ser la primera lágrima de una especie que creía extinguida.

¡He vuelto a Alamar! He vuelto a la habitación de mi hotel. Hoy, de nuevo, desayunaré con poetas y big riders trasnochadores. Y escucharé jazz y besaré la mano de la princesa de pies diminutos y largos cabellos, que se sentará un segundo a mi mesa para saborear de mi plato un pedacito de cruasán con crema de alamares, la especialidad de las cocinas del primer Hotel con siete estrellas de mar que sólo tiene habitaciones libres para aquellos que ya perdieron su capacidad de soñar.

Yo estuve allí. Lo juro.

Allí quiero volver.

Raúl de la Cruz-Linacero